Blogs – Los celos

¿Amor o sentimiento de posesión?

Los celos han sido, desde hace siglos, argumento recurrente y fértil
de la literatura aunque constituyan también el germen de demasiados
sucesos desgraciados
Podríamos definirlos como un estado emotivo ansioso que padece una
persona y que se caracteriza por el miedo ante la posibilidad de perder
lo que se posee-tiene, o se considera que se tiene-posee, o se debiera
tener-poseer (amor, poder, imagen profesional o social…).

En el ámbito sentimental, el rasgo más acusado de los celos es la
desconfianza y sospecha permanentes en el otro que tiñen, y perjudican
gravemente, la relación con la persona amada. La mayoría entendemos por
celos ese confuso, paralizador y obsesivo sentimiento causado por el
temor de que la persona depositaria de nuestro amor prefiera a otra en
lugar de a nosotros.

Cuando se muestra en su forma aguda, el
origen de los celos hay que buscarlo en situaciones neuróticas o, en
general, psicopáticas. Algunos autores creen que el sentimiento de los
celos es universal e innato. Linton, por ejemplo, ve una prueba de esta
tesis en el hecho de que en las Islas Marquesas, donde la libertad
sexual es prácticamente total, los indígenas manifiestan sus celos sólo
cuando están ebrios; es decir cuando su control voluntario, su
raciocinio, ha disminuido. Por el contrario, otros psicólogos (como
O.Klineberg) señalan que este sentimiento es de origen cultural, y que
los celos no dependen del deseo o necesidad de goce exclusivo de los
favores del otro, sino del "estatuto" social. En las sociedades
monogámicas, como la nuestra, y siempre según este autor, el adulterio
sólo provoca reacciones celosas en la medida en que origina inseguridad
(material o afectiva) o afecta al prestigio y al honor. Son dos teorías
relativamente antagónicas, pero como ocurre con frecuencia,
perfectamente complementarias.

Podemos pensar por tanto, que
cuando nos mostramos celosos experimentamos sensaciones inherentes a
nuestra condición de seres humanos y, a la vez, manifestamos un
comportamiento adquirido y heredado de nuestra cultura y modus vivendi.

Un sentimiento que puede resultar peligroso

Las
personas muy celosas son, frecuentemente, apasionadas, ansiosas, un
poco sadomasoquistas y neuróticas, y proyectan en su entorno humano sus
propias tendencias a la infidelidad. Buscan con avidez todas las
pruebas de su presunto infortunio y se muestran refractarios a los
argumentos racionales que les trasmiten las personas cercanas con las
que se sinceran.

Los celosos delirantes que se sienten
abandonados, menospreciados y burlados, pueden llegar hasta la tragedia
de perseguir con odio a su "amor" y no vacilarán en atacarlo. De ahí
que este sentimiento de los celos genere tantos problemas, no sólo en
la seguridad física de las personas directamente afectadas por casos
criminales sino también en el equilibrio emocional de otras muchas cuyo
bienestar psicológico se ve amenazado. Cuando en una pareja surge el
miedo a la separación, éste se manifiesta en forma de celos, de
persecución al cónyuge en su hipotética infidelidad, controlándole y
pretendiendo obligarle a que sea fiel. Cuanto más persigue a su pareja
con celos, tanto más se siente impulsado el perseguido o perseguida a
demostrar su autonomía, esforzándose en alejarse y no dejarse obligar.
Y cuanto más lo hace, tanto más busca el celoso o celosa reclamarle
como posesión propia y secuestrar su libertad de movimientos y de
sentimientos.

El celoso exige entonces a su pareja la
descripción pormenorizada de su supuesta aventura y en su mente se
mezclan el miedo al ridículo, a estar en boca de todos, el sentir con
dolor que la otra persona vale más, la pérdida de autoestima, un deseo
morboso de información (circunstancias de la otra relación, quién es,
dónde se ven, desde cuándo…..), un desmedido afán de control, un
sentimiento de posesión exacerbado, la agresividad para con uno
mismo…

Vive la situación como si de una tortura se tratara
e incluso con deseos de venganza, que van desde el encerrarse en el
silencio hasta el drama que con tanta frecuencia describen las
secciones de sucesos de los medios de comunicación.

Los celos no son amor

Los celos, en contra de lo que podría parecer y de lo que sugieren
algunas letras de canciones, argumentos literarios o guiones de
películas, no siempre son consecuencia de un gran amor, ni indican
cuánto se quiere, se necesita o se desea a la otra persona. Y,
normalmente, quienes padecen preferentemente estos ataques de celos son
personas muy centradas en sí mismas, que sólo se curarán saliendo de su
autoencierro. En muchas situaciones de celos hay, más que amor o miedo
a la soledad, otras causas: sentimientos de posesión del otro, de
necesidad de controlarle, de inseguridad en uno mismo, de envidia hacia
la mayor riqueza de la vida emocional del otro…

Un tipo muy
especial de celos son los infantiles ("complejo de Caín"), que se
manifiestan tras el nacimiento de un nuevo hermano. El niño, antes
centro de todas las atenciones, se ve obligado a aceptar que debe
compartir con el nuevo miembro de la familia el amor y cuidados de sus
padres, muy especialmente de la madre, lo que hace que vea en el recién
llegado un usurpador y la malquerencia hacia "el intruso", lo que puede
conducirle a volcar su agresividad en su pequeño hermano. Según los
psicólogos, no es extraño que incluso el origen de ciertos estados
neuróticos que sufren los adultos provenga de secuelas de celos
infantiles padecidos hace décadas. Pero los celos no son exclusivos del
espacio familiar o sentimental: otro ámbito donde germinan es el mundo
laboral.

Los celos afectan con frecuencia a profesionales
desconfiados y muy competitivos (en la mala acepción del término),
incapaces de trabajar en equipo y que invierten gran parte de su tiempo
y energía en los pequeños detalles, no compartiendo información y
controlando cuanto ocurre a su alrededor, a fin de que nadie presente
un trabajo que pueda ensombrecer el suyo. La vida y valía personal de
estos celosos laborales giran en torno a su estatus profesional y
mantienen una baja autoestima (disfrazada frecuentemente de
autosuficiencia). Y, por supuesto, con esa actitud, evidencian su
inseguridad y un déficit de inteligencia emocional, al no responder
positiva y equilibradamente a los estímulos del exterior, en este caso,
a la competencia de sus compañeros de trabajo.

También pueden
surgir los celos en la relación con los amigos ("ese es el más guapo,
aquellla es la más lista, ese el que tiene la casa más bonita, este es
el que está casado con la que más dinero gana"), pero normalmente no
generan tantos problemas ni alcanzan dimesiones dramáticas.

Si nos sentimos celosos de nuestra pareja:

  • "Los
    celos son malos consejeros" dice el refrán. No desdeñemos su
    importancia ni dejemos que se nos cuelen como sentimientos normales o
    que hasta tienen su encanto, por cuanto trasmiten "lo mucho que le
    quiero". En la realidad cotidiana, los celos rompen y enturbian las
    relaciones, y los individuos celosos acaban minando, con su posesividad
    y persecución asfixiantes, el gozo y el placer del encuentro, el
    equilibrio en la pareja, que se basa en la ternura, la comprensión, la
    tolerancia y el respeto a la autonomía del otro. Si en un momento
    determinado nos sentimos víctimas de un ataque de celos que perjudica
    nuestro bienestar emocional, actuemos dedicidamente:

  • Seamos conscientes de que estamos padeciendo los celos sin querernos engañar jugando a progresistas.
  • Comuniquemos
    nuestros sentimientos a la persona cuyo comportamiento ha generado los
    celos, especificándole claramente las conductas que nos hacen sentirnos
    celosos.

  • Hablémosle cuanto haga falta, aunque sin someterla a
    una presión excesiva (y mucho menos aún, recurriendo a amenazas o
    agresiones físicas), y con ánimo de pedirle que nos ayude a disipar
    nuestras dudas. Se trata de saber qué ocurre en realidad y de cotejarlo
    con nuestra percepción, que perfectamente puede ser errónea.

  • Si
    se trata de un pensamiento irracional que estamos alimentando, debemos
    apoyarnos en la realidad y desterrarlo definitivamente. Nos será más
    fácil si contamos con la ayuda de la otra parte. Pero no olvidemos
    también es parte afectada, a la que debemos comprender y ayudar.

  • Revisemos durante un cierto tiempo nuestra actitud ante la otra persona, para comprobar que los celos han desaparecido.
  • Fortalezcamos
    el diálogo continuo, la confianza y el contacto amoroso: son los
    mejores instrumentos para superar el desencuentro y los celos.

  • Aceptémonos más, confiemos en nosotros mismos y trabajemos la seguridad en nosotros mismos, nuestra autoestima.
  • Si
    sufrimos un cuadro agudo de celos o nos vemos incapaces de gestionarlos
    por nosostros mismos, dirijámosnos cuanto antes a una consulta
    psicológica.

  • Y, por último, si hay motivo real para nuestros
    celos, planteemos con realismo la situación a nuestra pareja. Y
    armémonos de valor, paciencia y comprensión para superar la situación.
    Casi todo tiene un final, y el amor también puede tener fecha de
    caducidad.

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