Mitos – Ulises y Penélope

Ulises y Penélope

Ulises
fue uno de los cuatro pretendientes de Helena. Casada Helena con
Menelao, Ulises solicita la mano de la única mujer que puede competir
en belleza con ella, Penélope, la hija de Icario.
Hornero se
refiere a Helena y a Penélope como a las dos mujeres más bellas de la
tierra, y las compara en belleza a Ártemis, y en otro pasaje llama a
Penélope «hermosa como Ártemis y Afrodita».
Helena y Penélope son primas, pues sus respectivos padres (por lo menos
sus padres legales), Tíndaro e Icario, son hermanos, hijos de Etalo,
rey de Esparta, y de una hija de Perseo.

También Penélope tiene varios pretendientes, y su padre, rey de
Lacedemonia, la ofrece al que venza a los otros en la carrera. El
vencedor es Ulises y recibe como premio a la segunda mujer de la tierra
en belleza y a la primera en inteligencia, virtud y fidelidad. Y
emprende con ella el viaje a Ítaca. Pero Icario, el padre de Penélope,
no puede consolarse de la pérdida de su hija, sigue a la pareja y ruega
a Penélope que no le abandone, a menos que esté muy enamorada del
marido que le ha destinado.
Ulises ruega a su mujer que sea sincera y que si no es capaz de
quererle siempre y de serle fiel ocurra lo que ocurra, se quede con su
padre. Y Penélope, por toda respuesta, se cubre la cabeza con el velo
de novia. Quizá otra mujer en el mismo caso habría tratado de explicar
su amor con largos discursos.
Parece que las bodas de Helena con Menelao y de Penélope con Ulises se
celebraron a la vez. Penélope da a luz un niño y Ulises no tarda en
abandonar su reino, a su esposa y a su hijo para tomar parte en la
guerra de Troya. Esta guerra dura diez años y la ausencia de Ulises
veinte, porque terminada la guerra vive otros diez años de aventuras
antes de conseguir pisar el suelo de su patria.
Llega un mensajero y comunica a Penélope la noticia de la muerte de
Ulises. Ella se niega a darle crédito. Una voz interior le dice que su
esposo volverá y decide esperarle siempre, ocurra lo que ocurra. Son
muchos los que la pretenden por esposa. Es joven, es bella, es hija de
un rey y lleva en dote otra corona. Pero ella se niega a aceptar
ninguna proposición y se convierte así en el símbolo de la fidelidad,
más fuerte cada vez a medida que pasa el tiempo.

Todas las noches Penélope, antes de que el sueño la venza, recuerda a
su esposo y llora, echada en la cama, para que la dejen llorar en paz.
Los pretendientes están seguros de la muerte de Ulises y exigen de
Penélope que elija a uno de ellos por esposo. Ella se resiste y se
encierra en sus habitaciones, donde teje un sudario para el padre de
Ulises, el viejo Laertes. Cuando los pretendientes insisten, Penélope
les dice que no se decidirá por ninguno antes de terminar el sudario.
Ellos aceptan este plazo, y ella todas las noches deshace el trozo que
tejió durante el día, y así va ganando tiempo. Con esta estratagema
mantiene engañados durante tres años a los pretendientes. Hasta que una
criada descubre el engaño, la delata, y los pretendientes quieren
obligarla.
Lo peor de la partida de pretendientes es que viven instalados en el
palacio de Ulises, comen y beben de todo lo que hay almacenado en las
despensas y arruinan la casa. Telémaco, el hijo, ha crecido y trata de
ayudar a su madre contra los huéspedes, pero no consigue hacerles
abandonar la casa.
Y un día Ulises desembarca en Ítaca. Se da a conocer a su hijo, le pide
que no diga todavía nada a la madre y se presenta en palacio bajo la
figura de un mendigo. Soporta que los pretendientes le maltraten y que
hasta las criadas le insulten. Tiene una primera entrevista con
Penélope sin que ella le reconozca. Se hace pasar por un extranjero;
cuenta que hace años conoció a Ulises, y lo describe con detalles tan
verídicos que Penélope comprende que todo es verdad. Lo único que
parece raro es que Penélope no le reconozca. Desde luego, han pasado
muchos años, y aunque estuvieron casados y tuvieron un hijo, sólo
vivieron juntos un año. Así, gracias a que ella no le reconoce, Ulises
puede apreciar la emoción con que ella escucha todo lo que se refiere
al marido ausente. Y no se da a conocer porque antes quiere castigar a
los pretendientes.

Hay cincuenta criadas en la casa. Euriclea, la más vieja, que fue
nodriza de Ulises, y la mayoría de ellas, siguen fieles a la casa y a
Penélope. Pero una docena de criadas se ponen al servicio de los
pretendientes y les ayudan a agotar todas las reservas de la casa. Una
de esas criadas infieles, Melante, se atreve incluso a insultar a
Ulises cuando le cree un mendigo harapiento. No sabe lo que le espera.
La nodriza lava los pies de Ulises y le reconoce por una cicatriz que
él tiene cerca de la rodilla. Ulises le impide gritar y le ruega el
silencio hasta que llegue la hora. Recupera el famoso arco que sólo él
es capaz de
manejar, desafía a los pretendientes, les gana, y después de comer,
cuando todos están repletos y bebidos, lucha contra ellos sin más ayuda
que la de su hijo, y les mata a todos.
Llama a las doce criadas
infieles, les ordena que saquen de allí los cuerpos destrozados y que
limpien la sangre. Y cuando todo está en orden, las reúne en el patio y
las hace degollar. Después manda quemar azufre para purificar la casa.

Y entonces se presenta a Penélope. Ella, al principio, no le quiere
reconocer, y ordena a las criadas que lleven la cama de Ulises a otra
habitación, para el forastero. Ulises le replica:
—Es inútil que intenten mover la cama. Tú sabes que esta cama no la puede mover nadie.
Y para que Penélope se convenza de quien es él, le cuenta la historia de la cama.
—Hace años, aquí en el terreno donde decidí edificar este palacio,
había un viejo olivo. No lo quise arrancar y lo dejé arraigado en el
suelo de mi habitación. Y en la madera del tronco mandé cortar mi cama,
que sigue sujeta a la tierra por raíces poderosas.

Todo es tan cierto que Penélope se convence al fin de que ha llegado la
hora tan deseada y está de veras en presencia de su esposo.
Ulises y Penélope, reunidos después de veinte años de separación, pasan
la primera mitad de la noche contándose mutuamente sus aventuras. No
dice la leyenda cómo pasaron la segunda mitad. Al amanecer, Ulises se
despide, pues quiere visitar a su padre, que vive retirado, abandonado
y pobre. Y cuando Ulises regresa a palacio después de visitar al viejo
Laertes, le hacen un recibimiento triunfal, en el que Penélope aparece
coronada y ataviada con las mejores galas.

Parece que después viven muchos años felices, siempre juntos, y que al fin una dulce muerte se los lleva.
En las versiones posthoméricas, la leyenda de Ulises se complica, y el
héroe sigue siendo protagonista de aventuras y tiene muchos hijos,
todos ellos fundadores de reinos y de ciudades.
La figura de Penélope, que ha llegado hasta nosotros como símbolo de
fidelidad conyugal por encima de todo, no siempre es respetada por la
leyenda. Algunas versiones posteriores, infinitamente menos bellas que
la primera —la única que merece ser conservada—, suponen que fue infiel
y que Ulises a su llegada la repudió.

Otra versión supone que Penélope mata a un hijo que ha tenido Ulises
con la hija de un rey. Pero de esas versiones no nos han llegado
nombres ni datos concretos. Es posible que el origen de todas ellas sea
la reconocida infidelidad del propio Ulises, que a lo largo de sus
muchas aventuras tuvo hijos con algunas mujeres.

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