Rubén Darío – Biografía

RUBÉN DARÍO

Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, 18 de enero de 1867León, 6 de febrero de 1916), fue un poeta nicaragüense, iniciador y máximo representante del Modernismo literario en lengua española. Es posiblemente el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico. Es llamado príncipe de las letras castellanas.


Biografía

Comienzos

Fue el primer hijo del matrimonio formado por Manuel García y Rosa Sarmiento, quienes se habían casado en León el 26 de abril de 1866,
tras conseguir las dispensas eclesiásticas necesarias, pues se trataba
de primos segundos. Sin embargo, la conducta de Manuel , aficionado en
exceso al alcohol y a las prostitutas, hizo que Rosa, ya embarazada,
tomara la decisión de abandonar el hogar conyugal y refugiarse en la
ciudad de
Metapa,
en la que dio a luz a su hijo, Félix Rubén. El matrimonio terminaría
por reconciliarse, e incluso Rosa llegó a dar a luz a otra hija de
Manuel, Cándida Rosa, que murió a los pocos días. La relación se volvió
a deteriorar y Rosa abandonó a su marido para ir a vivir con su hijo en
casa de una tía suya, Bernarda Sarmiento, que vivía con su esposo, el
coronel Félix Ramírez Madregil, en la misma ciudad de León. Rosa
Sarmiento conoció poco después a otro hombre, y estableció con él su
residencia en
San Marcos de Colón, en el departamento de Choluteca, en Honduras.

Aunque
según su fe de bautismo el primer apellido de Rubén era García, la
familia paterna era conocida desde generaciones por el apellido Darío.
El propio Rubén lo explica en su autobiografía:

Según
lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han
referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña
población conocíale todo el mundo por don Darío; a sus hijos e hijas,
por los Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido,
a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello,
convertido en patronímico, llegó a adquirir valor legal; pues mi padre,
que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de
Manuel Darío [...][1]

La
niñez de Rubén Darío transcurrió en la ciudad de León, criado por sus
tíos abuelos Félix y Bernarda, a quienes consideró en su infancia sus
verdaderos padres (de hecho, durante sus primeros años firmaba sus
trabajos escolares como Félix Rubén Ramírez). Apenas tuvo contacto con
su madre, que residía en Honduras, ni con su padre, a quien llamaba
"tío Manuel".

Sobre sus primeros años hay pocas noticias, aunque se sabe que a la muerte del coronel Félix Ramírez, en 1871,
la familia pasó apuros económicos, e incluso se pensó en colocar al
joven Rubén como aprendiz de sastre. Según su biógrafo Edelmiro Torres,
asistió a varias escuelas de la ciudad de
León antes de pasar, en los años 1879 y 1880, a educarse con los jesuitas.

Lector precoz (según su propio testimonio aprendió a leer a los tres años[2] ), pronto empezó también a escribir sus primeros versos: se conserva un soneto escrito por él en 1879, y publicó por primera vez en un periódico poco después de cumplir los trece años: se trata de la elegía Una lágrima, que apareció en el diario El Termómetro, de la ciudad de Rivas, el 26 de julio de 1880. Poco después colaboró también en El Ensayo, revista literaria de León, y alcanzó fama como "poeta niño". En estos primeros versos, según Teodosio Fernández[3] sus influencias predominantes eran los poetas españoles de la época Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce y Ventura de la Vega. Más adelante, sin embargo, se interesó mucho por la obra de Víctor Hugo,
que tendría una influencia determinante en su labor poética. Sus obras
de esta época muestran también la impronta del pensamiento
liberal, hostil a la excesiva influencia de la Iglesia católica, como es el caso su composición El jesuita, de 1881. En cuanto a su actitud política, su influencia más destacada fue el ecuatoriano Juan Montalvo, a quien imitó deliberadamente en sus primeros artículos periodísticos.[4] Ya en esta época (contaba catorce años) proyectó publicar un primer libro, Poesías y artículos en prosa,
que no vería la luz hasta el cincuentenario de su muerte. Poseía una
superdotada memoria, gozaba de una creatividad y retentiva genial, y
era invitado con frecuencia a recitar poesía en reuniones sociales y
actos públicos.

En diciembre de ese mismo año se trasladó a Managua,
capital del país, a instancias de algunos políticos liberales que
habían concebido la idea de que, dadas sus dotes poéticas, debería
educarse en
Europa a costa del erario público. No obstante, el tono anticlerical de sus versos no convenció al presidente del Congreso, el conservador Pedro Joaquín Chamorro y Alfaro, y se resolvió que estudiaría en la ciudad nicaragüense de Granada. Rubén, sin embargo, prefirió quedarse en Managua, donde continuó su actividad periodística, colaborando con los diarios El Ferrocarril y El Porvenir de Nicaragua.
En la capital se enamoró de una muchacha de once años, Rosario Emelina
Murillo, con la que incluso proyectó casarse. Poco después, en agosto
de
1882, se embarcaba en el puerto de Corinto, hacia El Salvador.

Periplo centroamericano

Esta fama le permitió obtener el puesto de corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, que era en la época el periódico de mayor difusión de toda Hispanoamérica. Poco después de enviar su primera crónica a La Nación, emprendió el viaje de regreso a Nicaragua. Tras una breve escala en Lima, donde conoció al escritor Ricardo Palma, llegó al puerto de Corinto el 7 de marzo de 1889.
En la ciudad de León fue agasajado con un recibimiento triunfal. No
obstante, se detuvo poco tiempo en Nicaragua, y enseguida se trasladó a
San Salvador, donde fue nombrado director del diario La Unión, defensor de la unión centroamericana. En San Salvador contrajo matrimonio civil con Rafaela Contreras, hija de un famoso orador hondureño, Álvaro Contreras, el 21 de junio de 1890. Al día siguiente de su boda, se produjo un golpe de estado contra el entonces presidente, el general Menéndez, cuyo principal artífice fue el general Ezeta
(que había estado presente, en calidad de invitado, en la boda de
Darío). Aunque el nuevo presidente quiso ofrecerle cargos de
responsabilidad, Darío prefirió irse del país. A finales de junio se
trasladó a
Guatemala, en tanto que la recién casada permanecía en El Salvador. En Guatemala, el presidente Manuel Lisandro Barillas estaba iniciando los preparativos de una guerra contra El Salvador, y Darío publicó en el diario guatemalteco El Imparcial un artículo, titulado "Historia negra", denunciando la traición de Ezeta.

En diciembre de 1890 le fue encomendada la dirección de un periódico de nueva creación, El Correo de la Tarde. Ese mismo año publicó en Guatemala la segunda edición de su exitoso libro de poemas Azul…,
sustancialmente ampliado, y llevando como prólogo las dos cartas de
Juan Valera que habían supuesto su consagración literaria (desde
entonces, es habitual que las cartas de Valera aparezcan en todas las
ediciones de este libro de Rubén Darío). En enero del año siguiente, su
esposa, Rafaela Contreras, se reunió con él en Guatemala, y el
11 de febrero contrajeron matrimonio religioso en la catedral de Guatemala. En junio, el diario que dirigía Darío, El Correo de la Tarde, dejó de percibir la subvención gubernamental, y tuvo que cerrar. Darío optó por probar suerte en Costa Rica, y se instaló en agosto de ese año en la capital del país, San José.
En Costa Rica, donde apenas era capaz de sacar adelante a su familia,
agobiado por las deudas a pesar de algunos empleos eventuales, nació su
primer hijo, Rubén Darío Contreras, el
12 de noviembre de 1891.

Últimos años

Tras
abandonar su puesto al frente de la legación diplomática nicaragüense,
Darío se trasladó de nuevo a París, donde se dedicó a preparar nuevos
libros, como Canto a la Argentina, encargado por La Nación.
Por entonces, su alcoholismo le causaba frecuentes problemas de salud,
y crisis psicológicas, caracterizadas por momentos de exaltación
mística y por una fijación obsesiva con la idea de la muerte.

En 1910, viajó a México
como miembro de una delegación nicaragüense para conmemorar el
centenario de la independencia del país azteca. Sin embargo, el
gobierno nicaragüense cambió mientras se encontraba de viaje, y el
dictador mexicano
Porfirio Díaz
se negó a recibir al escritor, actitud a lo que no fue ajena
probablemente la diplomacia estadounidense. Sin embargo, Darío fue
recibido triunfalmente por el pueblo mexicano, que se manifestó a favor
del poeta y en contra de su gobierno.[10] En su autobiografía, Darío relaciona estas protestas con la
Revolución Mexicana, entonces a punto de producirse:

Por
la primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se
apedreó la casa del viejo Cesáreo que había imperado. Y allí se vio, se
puede decir, el primer relámpago de la revolución que trajera el
destronamiento.[11]

Ante el desaire del gobierno mexicano, Darío zarpó hacia La Habana, donde, bajo los efectos del alcohol, intentó suicidarse, tal vez a causa del desprecio de que había sido objeto. En noviembre de 1910 regresó de nuevo a París, donde continuó siendo corresponsal del diario La Nación
y desempeñó un trabajo para el Ministerio de Instrucción Pública
mexicano que tal vez le había sido ofrecido a modo de compensación por
la humillación sufrida.

En 1912 aceptó la oferta de los empresarios uruguayos Rubén y Alfredo Guido para dirigir las revistas Mundial y Elegancias. Para promocionar estas publicaciones, partió en gira por América Latina, visitando, entre otras ciudades, Río de Janeiro, São Paulo, Montevideo y Buenos Aires. Fue también por esta época cuando el poeta redactó su autobiografía, que apareció publicada en la revista Caras y caretas con el título de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo; y la obra Historia de mis libros, muy interesante para el conocimiento de su evolución literaria.

Tras el final de esta gira, tras desligarse de su contrato con los hermanos Guido, regresó a París, y, en 1913, viajó a Mallorca invitado por Joan Sureda, y se alojó en la cartuja de Valldemosa, en la que muchas décadas atrás habían residido Chopin y George Sand. En esta isla empezó Rubén la novela El oro de Mallorca,
que es, en realidad, una autobiografía novelada. Se acentuó, sin
embargo, el deterioro de su salud mental, debido a su alcoholismo. En
diciembre regresó a Barcelona, donde se hospedó en casa del general
Zelaya, que había sido su protector mientras fue presidente de
Nicaragua. En enero de
1914
regresó a París, donde pleiteó largamente con los hermanos Guido, que
aún le debían una importante suma de sus honorarios. En mayo se instaló
en
Barcelona, donde dio a la imprenta su última obra poética de importancia, Canto a la Argentina y otros poemas, que incluye el poema laudatorio del país austral que había escrito años atrás por encargo de La Nación. Su salud estaba ya muy deteriorada: sufría de alucinaciones, y estaba patológicamente obsesionado con la idea de la muerte.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, partió hacia América, con la idea de defender el pacifismo
para las naciones americanas. Atrás quedó Francisca con sus dos hijos
supervivientes, a quienes el abandono del poeta habría de arrojar poco
después a la miseria. En enero de 1915 leyó, en la Universidad de Columbia, de Nueva York, su poema "Pax". Siguió viaje hacia Guatemala, donde fue protegido por su antiguo enemigo, el dictador Estrada Cabrera, y por fin, a finales de año, regresó a su Nicaragua natal. Llegó a León, la ciudad de su infancia, el 7 de enero de 1916 y falleció menos de un mes después, el 6 de febrero. Las honras fúnebres duraron varios días. Fue sepultado en la Catedral de la ciudad de León el 13 de febrero del mismo año, al pie de la estatua de San Pablo cerca del presbiterio debajo de un león de mármol hecho por el escultor granadino Jorge Navas Cordonero; dicho león se asemeja al León de Lucerna, Suiza.


La poesía de Rubén Darío

Para la formación poética de Rubén Darío fue determinante la influencia de la poesía francesa. En primer lugar, los románticos, y muy especialmente Víctor Hugo. Más adelante, y con carácter decisivo, llega la influencia de los parnasianos: Théophile Gautier, Catulle Mendès, y José María de Heredia. Y, por último, lo que termina por definir la estética dariana es su admiración por los simbolistas, y entre ellos, por encima de cualquier otro autor, Paul Verlaine.[12] Recapitulando su trayectoria poética en el poema inicial de Cantos de vida y esperanza (1905), el propio Darío sintetiza sus principales influencias afirmando que fue "con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo".

Ya en las "Palabras Liminares" de Prosas profanas (1896) había escrito un párrafo que revela la importancia de la cultura francesa en el desarrollo de su obra literaria:

El abuelo español de barba blanca me señala una serie de retratos ilustres: "Éste —me dice— es el gran don Miguel de Cervantes Saavedra, genio y manco; éste es Lope de Vega, éste Garcilaso, éste Quintana." Yo le pregunto por el noble Gracián, por Teresa la Santa, por el bravo Góngora y el más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después exclamo: "¡Shakespeare! ¡Dante! ¡Hugo…! (Y en mi interior: ¡Verlaine…!)"
Luego, al despedirme: "—Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París."

Muy ilustrativo para conocer los gustos literarios de Darío resulta el volumen Los raros, que publicó el mismo año que Prosas profanas,
dedicado a glosar brevemente a algunos escritores e intelectuales hacía
los que sentía una profunda admiración. Entre los seleccionados están
Edgar Allan Poe, Villiers de l’Isle Adam, Léon Bloy, Paul Verlaine, Lautréamont, Eugenio de Castro y José Martí
(este último es el único autor mencionado que escribió su obra en
español). El predominio de la cultura francesa es más que evidente.
Darío escribió: "El Modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa
castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena
prosa franceses".

No
quiere esto decir, sin embargo, que la literatura en español no haya
tenido importancia en su obra. Dejando aparte su época inicial,
anterior a Azul…, en la cual su poesía es en gran medida deudora de los grandes nombres de la poesía española del siglo XIX, como
Núñez de Arce y Campoamor, Darío fue un gran admirador de Bécquer. Los temas españoles están muy presentes en su producción ya desde Prosas profanas
(1896) y, muy especialmente, desde su segundo viaje a España, en 1899.
Consciente de la decadencia de lo español tanto en la política como en
el arte (preocupación que compartió con la llamada
Generación del 98
española), se inspira con frecuencia en personajes y elementos del
pasado. Así ocurre, por ejemplo, en su "Letanía de nuestro señor Don
Quijote", poema incluido en Cantos de vida y esperanza (1905), en el que se exalta el idealismo de
Don Quijote.

En cuanto a los autores de otras lenguas, debe mencionarse la profunda admiración que sentía por tres autores estadounidenses: Emerson, Poe y Whitman.

La prosa de Rubén Darío

A
menudo se olvida que gran parte de la producción literaria de Darío fue
escrita en prosa. Se trata de un heterogéneo conjunto de escritos, la
mayor parte de los cuales se publicaron en periódicos, si bien algunos
de ellos fueron posteriormente recopilados en libros.


Novela y prosa autobiográfica

El primer intento por parte de Darío de escribir una novela tuvo lugar a poco de desembarcar en Chile. Junto con Eduardo Poirier, escribió en diez días, en 1887, un folletín romántico titulado Emelina,
para su presentación al Certamen Varela, aunque la obra no se alzó con
el premio. Más adelante, volvió a probar fortuna con el género
novelesco con El hombre de oro, escrita hacia 1897, y ambientada en la Roma antigua.

Ya
en la etapa final de su vida, intentó escribir una novela, de marcado
carácter autobiográfico, que tampoco llegó a terminar. Apareció por
entregas en 1914 en La Nación, y lleva el título de El oro de Mallorca.
El protagonista, Benjamín Itaspes, es un trasunto del autor, y en la
novela son reconocibles personajes y situaciones reales de la estancia
del poeta en
Mallorca.

Entre el 21 de septiembre y el 30 de noviembre de 1912 publicó en Caras y caretas una serie de artículos autobiográficos, luego recogidos en libro como La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1915).[28] También tiene interés para el conocimiento de su obra la Historia de mis libros, aparecida póstumamente, acerca de sus tres libros más importantes (Azul…, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza).

Relatos

El
interés de Darío por el relato breve es bastante temprano. Sus primeros
cuentos, "Las albóndigas del Rhin" y "Los diamantes del coronel" datan
de 1885-1886. Son especialmente destacables los relatos recogidos en Azul…, como "
El rey burgués",
"El sátiro sordo" o "La muerte de la emperatriz de la China".
Continuaría cultivando el género durante sus años argentinos, con
títulos como "Las lágrimas del centauro", "La pesadilla de Honorio",
"La leyenda de San Martín" o "Thanatophobia".


Artículos periodísticos

El
periodismo fue para Darío su principal fuente de sustento. Trabajó para
varios periódicos y revistas, en los que escribió un elevadísimo número
de artículos, algunos de los cuales fueron luego recopilados en libros,
siguiendo criterios cronológicos o temáticos.

Crónicas.

Son muy destacables España contemporánea
(1901), que recoge sus impresiones de la España inmediatamente
posterior al desastre de 1898, y las crónicas de viajes a Francia e
Italia recogidas en Peregrinaciones (1901). En El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical recoge las impresiones que le produjo su breve retorno a Nicaragua en 1907.

Crítica literaria.

Tiene gran importancia en el conjunto de su producción la colección de semblanzas Los raros (1896), una especie de vademécum para el interesado en la nueva poesía. Críticas de otros autores están recogidas en Opiniones (1906), Letras (1911) y Todo al vuelo (1912).

Rubén Darío y el Modernismo

Rubén Darío es citado generalmente como el iniciador y máximo representante del Modernismo hispánico. Si bien esto es cierto a grandes rasgos, es una afirmación que debe matizarse. Otros autores hispanoamericanos, como José Santos Chocano, José Martí, Salvador Díaz Mirón, o Manuel Gutiérrez Nájera,
por citar algunos, habían comenzado a explorar esta nueva estética
antes incluso de que Darío escribiese la obra que tradicionalmente se
ha considerado el punto de partida del Modernismo, su libro Azul… (1888).

Así
y todo, no puede negarse que Darío es el poeta modernista más
influyente, y el que mayor éxito alcanzó, tanto en vida como después de
su muerte. Su magisterio fue reconocido por numerosísimos poetas en
España y en América, y su influencia nunca ha dejado de hacerse sentir
en la poesía en lengua española. Además, fue el principal artífice de
muchos hallazgos estilísticos emblemáticos del movimiento, como, por
ejemplo, la adaptación a la métrica española del
alejandrino francés.

Además,
fue el primer poeta que articuló las innovaciones del Modernismo en una
poética coherente. Voluntariamente o no, sobre todo a partir de Prosas profanas, se convirtió en la cabeza visible del nuevo movimiento literario. Si bien en las "Palabras liminares" de Prosas profanas había escrito que no deseaba con su poesía "marcar el rumbo de los demás", en el "Prefacio" de Cantos de vida y esperanza
se refirió al "movimiento de libertad que me tocó iniciar en América",
lo que indica a las claras que se consideraba el iniciador del
Modernismo. Su influencia en sus contemporáneos fue inmensa: desde
México, donde Manuel Gutiérrez Nájera fundó la Revista Azul, cuyo título era ya un homenaje a Darío, hasta España, donde fue el principal inspirador del grupo modernista del que saldrían autores tan relevantes como Antonio Machado, Ramón del Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez, pasando por Cuba, Chile, Perú y Argentina
(por citar solo algunos países en los que la poesía modernista logró
especial arraigo), apenas hay un solo poeta de lengua española en los
años 1890-1910 capaz de sustraerse a su influjo. La evolución de su
obra marca además las pautas del movimiento modernista: si en 1896 Prosas profanas significa el triunfo del esteticismo, Cantos de vida y esperanza (1905) anuncia ya el intimismo de la fase final del Modernismo, que algunos críticos han denominado postmodernismo.


Rubén Darío y la Generación del 98

Desde
su segunda visita a España, Darío se convirtió en el maestro e
inspirador de un grupo de jóvenes modernistas españoles, entre los que
estaban
Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala, Francisco Villaespesa, Ramón del Valle-Inclán, y los hermanos Antonio y Manuel Machado, colaboradores de la revista Helios, dirigida por Juan Ramón Jiménez.

En
varios textos, tanto en prosa como en verso, Darío dio muestra del
respeto que le merecía la poesía de Antonio Machado, a quien conoció en
París en 1902. Uno de los más tempranos es una crónica titulada "Nuevos
poetas españoles", que se recogió en el libro Opiniones (1906), donde escribe lo siguiente:

Antonio
Machado es quizá el más intenso de todos. La música de su verso va en
su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es la de un
filósofo estoico. Sabe decir sus enseñanzas en frases hondas. Se
interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza.[29]

Gran amigo de Darío fue Valle-Inclán,
desde que ambos se conocieron en 1899. Valle-Inclán fue un rendido
admirador del poeta nicaragüense durante toda su vida, e incluso le
hizo aparecer como personaje en su obra Luces de bohemia, junto a
Max Estrella y al marqués de Bradomín. Conocido es el poema que Darío dedicó al autor de Tirano Banderas, que comienza así:

Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios altanero y esquivo
que se animase en la frialdad de su escultura.

Menos entusiasmo por la obra de Darío manifestaron otros miembros de la Generación del 98, como Unamuno y Baroja.
Sobre su relación con este último, se cuenta una curiosa anécdota,
según la cual Darío habría dicho de Baroja: "Es un escritor de mucha
miga, Baroja: se nota que ha sido panadero", y este último habría
contraatacado con la frase: "También Darío es escritor de mucha pluma:
se nota que es indio".


Legado

La
influencia de Rubén Darío fue inmensa en los poetas de principios de
siglo, tanto en España como en América. Muchos de sus seguidores, sin
embargo, cambiaron pronto de rumbo: es el caso, por ejemplo, de
Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado.

Darío
llegó a ser un poeta extremadamente popular, cuyas obras se memorizaban
en las escuelas de todos los países hispanohablantes y eran imitadas
por cientos de jóvenes poetas. Esto, paradójicamente, resultó
perjudicial para la recepción de su obra. Después de la Primera Guerra Mundial,
con el nacimiento de las vanguardias literarias, los poetas volvieron
la espalda a la estética modernista, que consideraban anticuada y
excesivamente retoricista.

Los poetas del siglo XX han mostrado hacia la obra de Darío actitudes divergentes. Entre sus principales detractores figura Luis Cernuda, que reprochaba al nicaragüense su afrancesamiento superficial, su trivialidad y su actitud "escapista".[30] En cambio, fue admirado por poetas tan distanciados de su estilo como Federico García Lorca y Pablo Neruda,
si bien el primero se refirió a "su mal gusto encantador, y los ripios
descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos".[31] El español
Pedro Salinas le dedicó el ensayo La poesía de Rubén Darío, en 1948.

El poeta mexicano Octavio Paz,
en varios textos dedicados a Darío y al Modernismo, subrayó el carácter
fundacional y rupturista de la estética modernista, para él inscrita en
la misma tradición de la modernidad que el Romanticismo y el
Surrealismo.[32] En España, la poesía de Rubén Darío fue reivindicada en los
años 60 por el grupo de poetas conocidos como los "novísimos", y muy especialmente por Pere Gimferrer, quien tituló uno de sus libros, en claro homenaje al nicaragüense, Los raros.

Rubén Darío ha sido escasamente traducido a otras lenguas,[33] por lo que no es muy conocido fuera de los países hispanohablantes.

Referencias

Referencias bibliográficas

Obras de Rubén Darío

Poesía (primeras ediciones)
  • Abrojos. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1887.

  • Rimas. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes, 1887.
  • Azul…. Valparaíso: Imprenta Litografía Excelsior, 1888. Segunda edición, ampliada: Guatemala: Imprenta de La Unión, 1890. Tercera edición: Buenos Aires, 1905.
  • Primeras notas, [Epístolas y poemas, 1885]. Managua: Tipografía Nacional, 1888.
  • Prosas profanas y otros poemas. Buenos Aires, 1896. Segunda edición, ampliada: París, 1901.
  • Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas. Madrid, Tipografía de Revistas de Archivos y Bibliotecas, 1905.
  • Oda a Mitre. París: Imprimerie A. Eymeoud, 1906.
  • El canto errante. Madrid, Tipografía de Archivos, 1907.
  • Poema del otoño y otros poemas, Madrid: Biblioteca "Ateneo", 1910.
  • Canto a la Argentina y otros poemas. Madrid, Imprenta Clásica Española, 1914.
  • Lira póstuma. Madrid, 1919.

Enlaces externos

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